Contemporáneos. Revista Mexicana de Cultura, México, s.e., núm. 5, octubre de 1928
Colección Arturo Saucedo

 

Núcleo 2. Dadá y surrealismo

El grupo de los Contemporáneos fue el primer heraldo del surrealismo en México. Pocos escritores y artistas en México tuvieron un interés tan claro y creciente por el surrealismo como los poetas y pintores agrupados en torno a los Contemporáneos. Es un interés que surgirá a raíz de la amistad que cultivan Agustín Lazo, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia —atentos a los movimientos de vanguardia en Europa desde los primeros años veinte—, y que andando el tiempo compartirán otros de los integrantes de la revista, en especial, Jorge Cuesta.

El primer viaje de Agustín Lazo al Viejo Continente, en 1922, es importante en tal sentido: una suerte de alerta que lo orienta hacia horizontes distintos de los que el muralismo ha comenzado a abrir en México. Pero más importante aún será su segunda estancia europea, en el curso de la cual descubrirá la misteriosa pintura de Giorgio de Chirico —patente en sus propios cuadros, así como en la poesía de Villaurrutia, su gemelo espiritual— y se familiarizará (es necesario subrayar la palabra) con la obra plástica y literaria de los surrealistas. Es Lazo quien aporta noticias directas de lo que encuentra en Italia, Francia, Bélgica.

Interés común, sin embargo, no significa uniformidad de parecer y, cosa curiosa, la primera nota que uno de los miembros de la revista publica acerca de un autor específicamente surrealista, expresa más escepticismo y desdén que afinidad. En el quinto número, correspondiente a octubre de 1928, Jaime Torres Bodet sintetiza su lectura de Nadja, de André Breton, con la siguiente frase: “La monotonía de lo extraordinario no es ni mucho más aventurada ni mucho más agradable que la otra.”

La discrepancia entre ellos no era guerra; tan sólo discrepancia. Buenos pensadores críticos, los Contemporáneos asumían sus diferencias, las compartían, si vale decirlo así. Y quien lo señala es Torres Bodet: “Nos sabíamos diferentes. Nos sentíamos desiguales. Leíamos los mismos libros; pero las notas que inscribíamos en sus márgenes rara vez señalaban los mismos párrafos. Éramos, como Villaurrutia lo declaró, un grupo sin grupo. O, según dije no sé ya dónde, un grupo de soledades.”

Alejo Carpentier presentará a Jorge Cuesta con André Breton en París, en 1929. El joven poeta veracruzano (26 años de edad) ha sido enviado a esa ciudad por su familia con la intención de disuadirlo de casarse con Lupe Marín, ocho años mayor, recién separada de Diego Rivera.

A pesar de las reservas con que Cuesta acude a la cita, Breton gana muy pronto su admiración. Y la corriente de aprecio es recíproca. Lo sabemos hoy gracias a que en los últimos años se han publicado algunos de los epistolarios de Breton.

Existe una fotografía tomada en 1938 que en cierta manera resume la estrecha y perdurable relación que los poetas de Contemporáneos trabaron con los surrealistas. Se trata de un instante captado en el curso de una comida que los mexicanos le ofrecen a Breton cuando éste viene a México deseoso de trabar contacto con León Trotsky. Entre las 33 personas sentadas a la muy larga mesa del restaurant —tan larga que el registro fotográfico tiene que dividirla en dos partes— están casi todos los integrantes de la revista y muchos de sus colaboradores. Breton conversa, sonríe, sabe que se encuentra entre sus pares.

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Sólo lo maravilloso es bello. Surrealismo en diálogo – Los Contemporáneos

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