CARTEL Y PINTURA | Sala Nacional y Sala Diego Rivera (primer piso)

La actividad creativa liberará a todos y llevará el mundo al acto puro de la perfección.

El Lissitski

A lo largo de su corta vida, el cartel, entendido como articulación de palabras y propuestas visuales, no ha sido nunca ajeno a las trasformaciones artísticas acontecidas en la historia. Con el shock provocado por las vanguardias, el cartel produjo diseños formales de gran originalidad, tanto en el plano de las imágenes como en el de la tipografía, teniendo predominio, en el caso primero de Rusia y luego de la Unión Soviética, el dirigido a la agitación política, al anuncio de productos de uso diario (cigarros, mantequilla, galletas…) y a la lucha contra el analfabetismo en nombre de la cultura y el arte de vanguardia. Los carteles ensalzaron además la relación entre arte y tecnología e incorporaron, de manera lúcida, el fotomontaje. Puede afirmarse que la aportación de los constructivistas rusos al diseño del cartel fue decisiva, ya que invariablemente estuvo dirigido a las grandes mayorías de la población, por lo que puede considerársele como el arte callejero por excelencia o “el auténtico arte del proletariado”. Entre los más importantes autores de carteles se encuentran Vladímir Lebedev, Alexandr Ródchenko, El Lissitzky, Gustav Klutsis y los hermanos Stenberg.

El arte permanece mudo para los que no quieren escuchar la forma. ¡Sí! Pero no sólo el arte abstracto, sino todo arte, incluso el más realista

Vasili Kandinski

En el Renacimiento surgió el cuadro de caballete, puesto al servicio de la mirada univoca y fija de un sujeto determinado (el pintor, el espectador), teniendo por contenido las siguientes determinaciones: la conversión de la pintura en arte, la perspectiva tridimensional y la voluntad de representación. Con el advenimiento de las vanguardias, dentro de las que surgieron destacadamente el cubismo y el abstraccionismo, el poder confinante del sujeto y la lógica de la representación renacentista entraron en crisis. Las vanguardias rusas radicalizaron esas propuestas y rompieron por completo con el lastre de la figura o del objeto en pintura. La empresa demoledora comenzó con el cubofuturismo y el rayonismo, alcanzando grados extremos con la pintura no-objetiva (el “cero de las formas”), en la que no hay realidades reconocibles, pero hay pintura. Se trata de un despojamiento que, contra lo que pudiera pensarse, le va a permitir a la pintura, como nunca antes en la historia, servir de fondo de reserva artística en el proceso de trasformación del mundo, o dar el paso del plano al volumen (“nuevo realismo”), como es el caso de la última etapa pictórica de Malévich. El erigirse en resguardo de la sensibilidad, le otorgó a la pintura no-objetiva una apertura constructiva hacia el mundo de la vida concreta.

Otra aportación de las vanguardias fue consumar la pintura: realizar el último cuadro, es decir, el fin determinante ya no es la creación de nuevos cuadros dentro del ámbito de la propia pintura, sino la transformación del mundo, tal como lo concibe Ródchenko. Se trata de revoluciones pictóricas que anuncian un nuevo inicio del arte y de las relaciones entre los hombres. Sin duda, las obras que forman la sección de pintura de la exposición dan cuenta del proceso morfológico medular de las vanguardias rusas.