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EXPOSICIONES | COLECCIÓN


El movimiento muralista mexicano

Aunque la iniciativa de que los artistas mexicanos pintaran sobre los muros de edificios públicos surgió desde 1910, el movimiento muralista arrancó en la década de 1920, con la llegada de José Vasconcelos a la Secretaría de Educación. Al término de la lucha revolucionaria la iniciativa pudo llegar a buen puerto, y abrir uno de los capítulos más importantes en la historia de la cultura mexicana, cuando Roberto Montenegro realizó el mural El árbol de la vida, en el ex Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, hoy Museo de la Luz. En sus inicios, el muralismo abordó temas de naturaleza universal, trascendental y metafísica. Más tarde, adoptó un discurso nacionalista y revolucionario. El muralismo, escribió Carlos Monsiváis, ayudó a configurar la imagen de un país unificado y a difundir los ideales del México postrevolucionario. En la tercera y cuarta décadas del siglo XX, los muralistas pintaron en las paredes de recintos emblemáticos como la Escuela Nacional Preparatoria (Antiguo Colegio de San Ildefonso), la Secretaría de Educación Pública y el Palacio Nacional. En años posteriores, ampliaron los horizontes de acuerdo a sus propios intereses, aunque prevaleció la intención de mostrar un compromiso social y político, y el interés por exaltar el arte popular, el pasado indígena y lo mexicano.

ADAMO BOARI
(1863-1928)

Originario de Ferrara, Italia, estudió Arquitectura en las universidades de Ferrara y Bolonia, Italia, en donde obtuvo el título de ingeniero civil en 1886. Fue reconocido por innumerables diseños arquitectónicos, algunos de ellos para la Exposición Nacional de Arquitectura en Turín, Italia. En 1889 se estableció en Brasil y más tarde viajó a Buenos Aires, Montevideo, y a ciudades norteamericanas como Nueva York y Chicago en donde trabajó algún tiempo.

En 1903 viajó a México, cuando regía de Presidente Porfirio Díaz, quien lo invitó a realizar diferentes proyectos, entre los que destacan: La parroquia de Matehuala (1898), el Templo Expiatorio de Guadalajara (1899) y un monumento al presidente en curso (1900). En la capital del país, diseñó su casa, ubicada en la colonia Roma y trabajó en la construcción de El Palacio de Correos y el Palacio de Bellas Artes. Fue a este último edifico al que le dedicó más tiempo, incluso siguió trabajando en él después de iniciada la Revolución mexicana (1916). En este año volvió a Italia y se estableció en Roma, donde escribió un libro sobre la construcción y diseño de teatros. Murió en esta ciudad el 24 de febrero de 1928.

DAVID ALFARO SIQUEIROS
(1896-1974)

Originario de Ciudad Camargo, Chihuahua, estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes y a los dieciséis años se enlistó para luchar en la Revolución, a las órdenes del general Diéguez. Por su actividad política y sindical estuvo preso en varias ocasiones (incluso planeó el atentado fallido contra Trotsky en 1940).

Viajó por Latinoamérica y Estados Unidos, en donde estableció un taller experimental al que Jackson Pollock asistió como alumno. Siqueiros pensaba que si la pintura estaba destinada a generar el cambio, entonces debía hablar el lenguaje de su tiempo. Por ello, utilizó técnicas modernas y materiales industriales –la piroxilina, las lacas automotrices y la fotografía– como apoyos en la construcción compositiva.

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DIEGO RIVERA
(1886-1957)

Nacido en Guanajuato, ingresó a los diez años de edad a la Escuela Nacional de Bellas Artes –antigua Academia de San Carlos–, donde recibió las enseñanzas de Santiago Rebull y Félix Parra. Viajó a Europa, becado por el gobierno porfirista. Formó parte del movimiento cubista, encabezado por Pablo Picasso y se dejó influir por la pintura de Paul Cézanne, Amedeo Modigliani y los futuristas rusos. Hacia 1920 viajó por Italia, en compañía de David Alfaro Siqueiros, para estudiar la técnica del fresco. Su regreso a México significó el descubrimiento del pasado prehispánico. Ingresó al Partido Comunista Mexicano, con el que mantuvo siempre una relación tormentosa. Prolífico, incansable, controvertido, su obra gráfica, de caballete y mural es una referencia obligada para comprender la fusión entre las vanguardias europeas de principios del siglo XX y la tradición popular mexicana.

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FEDERICO MARISCAL
(1881-1959)

Nació en la ciudad de Querétaro. Obtuvo el titulo de arquitecto en la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1903. Durante más de 53 años estableció una trayectoria importante como jefe, guía y coordinador de grupos de maestros de enseñanza de dibujo y oficios en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela Nacional de Bellas Artes, ahora Escuela Nacional de Artes Plásticas. Ejerció como profesor de arquitectura comparada, presupuestos y avalúos, composición de elementos de los edificios y como creador de la cátedra de historia del arte en México en la entonces Escuela Nacional de Arquitectura. Fue profesor emérito de la Facultad de Arquitectura, designado el 17 de diciembre de 1959.

JORGE GONZÁLEZ CAMARENA
(1908-1980)

Ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes a los catorce años y pronto se convirtió en ayudante del Dr. Atl. Formó parte del movimiento estudiantil que en 1929 impulsó la llegada de Rivera a la dirección de la ENBA, así como del consejo que formuló un plan de estudios más avanzado.

Preparaba sus pinturas con pigmentos naturales, inspirado en la técnica de los antiguos tlacuilos –artífices de los códices mexicas–, y creó una técnica para organizar y dividir geométricamente el espacio pictórico. Formó parte de la llamada “segunda generación de muralistas mexicanos”. Destacan sus trabajos para el Castillo de Chapultepec, el Instituto Politécnico Nacional, el edificio del Seguro Social y el Museo de Antropología e Historia.

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JOSÉ CLEMENTE OROZCO
(1883-1949)

Nacido en Jalisco, estudió Agronomía e ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde fue alumno de Gerardo Murillo, el Dr. Atl. Trabajó como ilustrador en periódicos revolucionarios, realizó murales para algunas escuelas y universidades estadounidenses, y en 1932 viajó por Europa. Entre 1936 y 1939 se consagró a la factura de las que muchos críticos juzgan sus mejores obras: los frescos de la Universidad de Guadalajara y las pinturas de la ex capilla del Hospicio Cabañas. Su postura artística denota una fuerte inclinación por el arte barroco, el expresionismo alemán y la obra del pintor francés Henri de Toulouse-Lautrec. Sobre él, Octavio Paz escribió: “El hombre que aparece en su pintura es un victimario y también una víctima. De ambos modos provoca nuestra ira y nuestra piedad”.

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MANUEL RODRÍGUEZ LOZANO
(1896-1971)

Su orientación autodidacta lo llevó a viajar por Europa entre 1914 y 1921, donde entró en contacto con los movimientos de vanguardia de tendencia neoclásica. Fue profesor de dibujo y jefe de la Dirección de Dibujo en la Secretaría de Educación Pública. Durante su gestión como director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas fue acusado injustamente por el robo de cuatro grabados de Guido Reni y Alberto Durero de la Biblioteca de la antigua Academia de San Carlos y encarcelado por cuatro meses en la entonces penitenciaría del Distrito Federal. Es autor del libro Pensamiento y cultura, publicado en 1960.

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ROBERTO MONTENEGRO
(1887-1968)

Originario de Jalisco, estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes. A partir de 1904 pasó largas temporadas en Europa, donde tomó contacto con distintas corrientes de vanguardia como el art nouveau y el art déco. Tras su regreso definitivo a México, en 1921, José Vasconcelos le encargó la factura de diversos murales en la Secretaría de Educación Pública, la Escuela Benito Juárez, la Librería Iberoamericana y la Escuela Nacional de Maestros. Fue un promotor incansable del arte popular.

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RUFINO TAMAYO
(1899-1991)

Originario de Oaxaca, ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes a los 18 años. Fue jefe del departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, en donde cultivó su interés por el arte precolombino. Durante algunos años residió en Nueva York, y a su regreso a México fue nombrado director del Departamento de Artes Plásticas de la Secretaría de Educación Pública. Realizó dos murales para el Palacio de Bellas Artes (1952-1953) a su regreso de Estados Unidos y Europa. En contraste con el realismo social de otros muralistas, la obra de Tamayo se constituye como un leguaje poético logrado a través de ritmos y destellos de color. Para él, la pintura debía buscar expresar la complejidad de la raza mexicana, no a través de apariencias y narraciones nacionalistas sino indagando en la esencia de las formas, colores y proporciones.

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Av. Juárez y Eje Central s/n, Centro Histórico, ciudad de México.
Horario: martes a domingo de 10 a 17: 30 hrs.
Entrada 43 pesos, entrada libre con credencial de estudiante, maestro e INAPAM.
Domingo: entrada libre
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