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Instituto Nacional de Bellas Artes MUSEO DEL PALACIO DE BELLAS ARTES museos
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UNIVERSO DE FAMILIA

En Universo de Familia: Leonora Carrington, Emerico Weisz, Pablo Weisz, Gabriel Weisz se presenta la obra escultórica de gran formato, realizada, en los últimos dos años, por Carrington; así como una serie de fotografías de Emerico Weisz, en las que se retrata la vida familiar de la artista y de las amistades que la han acompañado desde su llegada a México. También se exhiben acrílicos sobre tela realizados por Pablo Weisz Carrington, quien reconoce y afirma la estrecha relación entre su pintura y la de su madre, así como la obra poética de Gabriel Weisz Carrington inspirada en el universo de Leonora Carrington. Leonora Carrington “quiso reunir las expresiones de sus seres más queridos a lado de su obra más reciente y mostrar así el universo de familia”, comenta Mercedes Iturbe, directora del museo. Es así como la artista se conecta con el mundo creativo de sus hijos y de su esposo. Las diez esculturas en bronce de reciente creación de Leonora Carrington, que forman parte de esta muestra, representan, lo que ella ha dicho a propósito de la escultura: “una irrupción de la tercera dimensión que se manifiesta como un ser existiendo en el espacio, el espacio relacionado con lo que existe en su derredor”. Estas piezas dan cuenta de la pasión de Carrington por el mundo mítico, en el que los seres mágicos y los animales ocupan un lugar sobresaliente. “Seres y animales fantásticos cargados de ese misterio, que en la vida de Leonora es de una normalidad sorprendente” menciona Mercedes Iturbe.

LAS ALAS DE JUAN SORIANO

Las alas de Juan Soriano. Esculturas recientes reúne una cuidada selección de obra en la que el artista jalisciense explora su pasión por las figuras tridimensionales y por la naturaleza, por hacer que la materia transmita las sensaciones y texturas de un mundo que se revela ante sus ojos como trascendental, a pesar de su cotidianeidad y sencillez. Soriano siempre ha navegado a contracorriente, en un espacio alterno en donde nada importa más que el arte en sí mismo y la necesidad creadora por expresar todas sus complejidades internas.

A lo largo de su trayectoria, Soriano ha trabajado esencialmente la pintura, explorando con maestría las profundidades del ser humano en el retrato y captando con un sello personal todos los objetos que se presentan ante sus ojos. Desde los años cincuenta decide experimentar con las posibilidades plásticas que le ofrece la escultura, gracias a ello logra, a través de los volúmenes y de las formas, acceder por completo a un lenguaje escultórico, que todo lo revela como poesía.

Las esculturas de la exposición Las alas de Juan Soriano. Esculturas recientes muestran el apego permanente que el artista ha mostrado por las figuras de la naturaleza, su interés por captar en líneas simples, voluptuosas y sensuales, los detalles que magnifican la cotidianeidad de una serie de pequeños seres que, capturados en el bronce, adquieren un inusitado dinamismo y una gran fuerza plástica. Soriano, fascinado con la presencia de los pájaros que modela no busca atraparlos y mucho menos inmovilizarlos. Todo lo contrario, en la sonoridad del metal el artista los libera y los pájaros convertidos en bronce recuperan el vuelo. El Museo del Palacio de Bellas Artes celebra con gran entusiasmo los 85 años de vida de Juan Soriano acogiendo esta serie de esculturas, que en ocasión tan especial se presenta en la sala Justino Fernández y en la explanada de este recinto, la cual refleja la íntima relación que este reconocido artista ha consolidado entre la técnica, el lenguaje y el mundo natural, con el fin de transmitir “la esencia palpable de la realidad”.

JUAN GARCÍA PONCE

En el México contemporáneo, la exaltacion de la individualidad creadora y la pluralidad de propuestas estéticas parecen ser naturalmente constitutivas del arte. No era así en el México de las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo XX, tiempo en que la generación emergente de pintores jóvenes tuvo que enfrentarse al nacionalismo ideológico que dominaba a través del arte oficial y las instituciones públicas, que repetidamente les cerraban los espacios de exposición. En 1968, Juan García Ponce publicó el libro Nueve pintores mexicanos, en donde exaltó las búsquedas personales de algunos artistas jóvenes que despuntaban por entonces: Lilia Carrillo, Arnaldo Coen, Francisco Corzas, Fernando García Ponce, Alberto Gironella, Manuel Felguérez, Gabriel Ramírez, Vicente Rojo y Roger von Gunten. Seleccionados bajo el manto de la libertad crítica del escritor, no aparecían agrupados por escuelas o estilos, sino —así lo expresó García Ponce en el epílogo del libro— como pertenecientes a una tradición moderna: la “tradición de la ruptura”.

Éste era un concepto que Octavio Paz había puesto en circulación en 1966 en el prólogo a Poesía en movimiento, una antología de poesía mexicana en donde se destacaba la individualidad del creador como el valor moderno y universal por excelencia. Así, Nueve pintores mexicanos constituyó un documento que marcaría, justamente en 1968, un nuevo deslinde de la pintura moderna mexicana ante los valores ya caducos de la cultura oficial emanada de la Revolución. Juan García Ponce concibió su selección como una obra abierta, y cedió a esos pintores, reunidos de nuevo en esta sala, la responsabilidad de hacer crecer sus propuestas plásticas con el tiempo.

ETERNIDAD FUGITIVA

“Hay tiempo.” No una sino dos veces escribió el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo esta frase sobre una página blanca, que luego colocó, como aviso preventivo, en una pared de su cuarto oscuro. Ese mensaje quizá siga allí, aconsejando a los desesperados la virtud de la paciencia; advirtiendo, más bien, sobre los cuidados que demanda el manejo de ese material, tan intangible como la luz, que hace posible a la fotografía. La pasión de Álvarez Bravo por las imágenes se extendió a la gráfica de otros tiempos y a la obra de otros colegas. Auspiciado por Fundación Cultural Televisa, dio contenido, entre 1980 y 1986, al primer museo de fotografía que hubo en México. La colección que formó con ese propósito, luego enriquecida con adquisiciones realizadas por el Centro Cultural/Arte Contemporáneo AC y Fundación Televisa, es el horizonte visual en que se mueve Eternidad fugitiva, el ensayo museográfico que ahora se presenta en las salas del Palacio de Bellas Artes. Eternidad fugitiva es una invitación a reflexionar sobre las maneras en que la fotografía, nombre genérico de distintas formas de representación, ha modificado nuestra conciencia del tiempo y el mundo. El título de la muestra, inspirado por el escritor Marcel Proust, alude a las paradojas que caracterizan a la fotografía: instante que se congela para seguir vivo, suspensión de lo que no se detiene, tiempo utópico.

Esta revisión de las colecciones fotográficas de Fundación Televisa, una entre las tantas posibles y necesarias, se ha complementado con la presencia de obras procedentes de otros acervos y el uso de diferentes técnicas audiovisuales. Conjunción de obras de distinta procedencia, deriva en torno a motivos recurrentes, Eternidad fugitiva no hace sino enunciar algunos de los misterios de ese recurso de la imaginación y la memoria que llamamos fotografía.

Alfonso Morales Carrillo

EL MITO DE LOS VOLCANES

Estas dos imponentes figuras se han implantado en el concepto que define al Valle de México. Son una cortina geográfica que limita físicamente, pero que además se ha integrado a la imagen mental de una identidad. El Valle de México no puede imaginarse sin ellos. Tampoco el país. Han dado contexto al escudo nacional, llevando en la presencia de México dos volcanes cuya imagen es reconocida internacionalmente. Diversas leyendas se han elaborado en torno a sus perfiles, masculino y femenino, materializando su presencia con atributos humanos y sobrehumanos. Desde que llegaron a esta tierra los primeros pobladores, estos dos volcanes han ejercido un magnetismo determinante para establecer con ellos una relación mítica, ritual y sagrada, que ha adquirido diferentes matices a lo largo de la historia. El mito comienza cuando a los volcanes se les otorga una personificación. En la época prehispánica fueron templos de Tlaloc y Chalchiuhtlicue, deidades dadoras de agua y protectoras de la cosecha. Han sido Gregorio y Rosita, figuras materna y paterna que protegen a los pobladores de las faldas, y que se hacen presentes a través de sueños o visiones de iniciados. La leyenda romántica los convirtió en el cacique y la doncella que vivirían un romance imposible con un trágico desenlace: el sueño eterno de la Iztaccíhuatl, y la vigilia de su inmortal amante. El mito es generado por la fuerza de su presencia. La belleza y la fuerza de los dos perfiles, ha tocado la sensibilidad tanto de mexicanos como de extranjeros, produciendo una gran variedad de obras en torno a ellos. El arte, la antropología, la ciencia, la poesía y el alpinismo, han sido disciplinas en donde ha permanecido esta devoción, o en algunos casos, veneración, a una de las parejas históricamente más importantes de nuestro país. En esta muestra nos proponemos dar una visión de lo que este mito ha generado en el campo creativo. Ante el vastísimo material que se ha producido sobre este tema, hemos tratado de reunir lo más representativo de cada uno de los núcleos temáticos en los que hemos dividido la exposición: el mito, espacios sagrados, el ojo del caminante, metáforas de la leyenda, las sinfonías del Popocatépetl, la ascensión a la cumbre, el corazón del volcán y registros volcánicos.

"Si usted tiene información adicional a esta lista de exposiciones, por favor contactar a mpba.informes@inba.gob.mx "
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Av. Juárez y Eje Central s/n, Centro Histórico, ciudad de México.
Horario: martes a domingo de 10 a 17: 30 hrs.
Entrada 43 pesos, entrada libre con credencial de estudiante, maestro e INAPAM.
Domingo: entrada libre
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